Existe un ser extraño que habita este tercer planeta, dicen que posee una coraza blindada la cual mantiene inmune su alma de la abrasión que continuamente significa la amenaza de la injusticia, los falsos testimonios, la ingratitud y que debe luchar ferozmente contra su peor enemigo la ignorancia, nadie sabe a qué especie pertenece, solo se sabe que los niños lo llaman maestro.
Un 13 de abril de 1832 nace en Ambato un niño que con el pasar del tiempo se convirtió en una de las figuras intelectuales más prominentes de nuestra historia, Juan María Montalvo Fiallos, personaje que destacaría en múltiples facetas, una de ellas educador. Es por esto que cada año en esta fecha se celebra en el Ecuador “El día del maestro”.
Ahora, ya en la segunda década del tercer milenio, me interrogo cada día, ¿será que la sociedad entiende la labor de un maestro? ¿Será que muchos de los propios maestros entendemos la relevancia de nuestra función? Y es que parece que todos olvidamos que nuestro insumo de trabajo es la mente de seres humanos en formación.
Así como un escultor plasma su arte en una roca transformándola en algo digno de admirar, el verdadero maestro recibe con la nobleza que solo su vocación le puede dar, a sus estudiantes y siembra en ellos ese gen transformador, capaz de modificar estructuras mentales, capaz de generar todo un esquema de valores, capaz de crear conocimiento, capaz de humanizar.
Un maestro jamás ve culminada su labor ya que entiende que cada proceso es tan solo un peldaño más en la continua búsqueda de la excelencia, y aunque a veces el dedo acusador de la ingratud dispara cual arma de fuego, su hidalguía lo hace inmune, pues para eso escogió esta labor, para enfrentar a esas almas pobres y dotarlas de la luz que solo él puede irradiar.
Señores para finalizar quisiera dejarles un pensamiento de un escritor británico del siglo XIX, John Ruskin, “Educar a un joven no es hacerle aprender algo que no sabía, sino, hacer de él alguien que no existía.”
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